1 de enero de 1901, martes | Lo que así empieza


Para el día de Año Nuevo del nuevo siglo, insisten, hay que preparar algo. Tengo quince años y me da igual no hacer nada. Mi universo se limita a tres edificios lejos de todas partes, aislados en el trazado inexistente de una calle como tres dientes residuales en la boca de un vagabundo. Mis amigos, ninguno de mi edad. Todos mayores. Sus propósitos, un crucigrama que voy rellenando día a día. Las chicas son lo más importante para ellos, pero nunca hablan con ninguna. A mí me aburre pensar tanto en lo que no existe. Prefiero jugar a fútbol, un deporte nuevo. Pero solo tenemos, en nuestra calle de ninguna parte, un equipo, y hay que partirlo para poder disputar un partido. Lo más peliagudo es quién se queda con el portero, porque solo disponemos de uno que consiga, aunque solo sea de vez en cuando, parar un balón que le chuten. ¿Quién?

         Tampoco es que este Año Nuevo sea el definitivo. Para unos, ya se ha cumplido la celebración inaugural doce meses antes, en 1900. El nueve imponía mucho entonces. Pero he leído una lección de matemáticas, no muchas más, donde explica que el año cero, como su nombre indica, no existe, y que el cien es el número cien de una serie de cien. Luego el 1900 es el cien del siglo diecinueve. Y el primer día del siglo XX, hoy, este Año Nuevo. Aun así, hay cabezas donde no entra el concepto. Mis amigos del barrio se han apuntado a la teoría por el lado de la fiesta, y eso me complica la jornada, porque yo lo hubiera pasado de muerte, como solemos hacer en festivo, enfrentándonos los once que somos a otro barrio del más allá. ¿Del más allá de dónde?

          Llego el primero y los demás van apareciendo de uno en uno. Vestidos de domingo. He colocado cinco sillas alrededor de una mesa en la taberna y solo hay que añadir una. Los seis viajes que hace el camarero, bueno, en realidad siete, porque uno repite vaso. No siempre los trajes que lucen se ajustan a las medidas de mis amigos. Las madres han tratado de disimularlo, cogiendo telas o ensanchándolas, en prendas heredadas, y ya de otro siglo. El único que se ha puesto unos pantalones de tela compatibles con un revolcón por la arena soy yo, soñando con un buen partido. Los demás, de punta en blanco, están más callados que de costumbre. Urden algo. Pero no sueltan prenda. Se levantan los cinco al unísono y les sigo por inercia. El siglo empieza como se ha acabado el anterior, pienso, dejándome igual de solitario. El camino hasta la población es largo. Huertos, algún redil, maleza casi por todas partes a la espera de futuras calles que existen no se sabe en la cabeza de quién. Alcanzar las obras del tranvía significa que ya estamos cerca. ¿De qué destino?

         No sé dónde vamos, pero mis compinches sí. No dudan al girar hacia una calle estrecha en lugar de seguir rectos hacia la plaza. Se detienen frente a un portal cualquiera de un edificio casi en ruinas. Es un callejón sucio y sombrío. Un bebé llora en algún piso. Una pareja discute en otro. Lo puedo oír todo por el silencio en el que hemos ido y en el que mis camaradas continúan. Ahora cuchichean. Decretan colecta. Una peseta por cabeza. Es mi capital para todo el mes, pero la tengo. Viaja en el bolsillo abotonado de mi pantalón de tela recia. ¿Una peseta, para qué?

El mayor del grupo, saca un montón de palillos, de los que usa para escarbar entre los dientes y pasear en los labios. Parte uno por la mitad. Alinea el resto en su mano, con el puño cerrado. Mis amigos van extrayéndolos de ahí. Cada cual, uno. Los que van saliendo, palillos enteros. «No puede ser, ¡le ha tocado al churumbel!» oigo gritar cuando veo el palillo partido en mi mano. Discuten. «Volvemos a empezar», sugieren varios. Pero se impone sobre estos deseos un criterio de realidad: «También ha puesto su peseta». «Es que la tarifa son siete, y si no, no alcanzamos», oigo un lamento a mi lado. ¿Alcanzamos a qué?

         «Claro que subimos todos, faltaría más», se impone el que hace las veces de capitán de nuestro equipo. «Y le ayudamos a elegir. Al menos que nos gratifiquen la vista. Que una peseta es una peseta». Sin entenderlo aún, voy comprendiendo. Este año cumpliré dieciséis. Ya seré un hombre. Si hay una guerra me darán un uniforme azul con botones dorados y un fusil. La verdad es que no me atrevía a pensarlo, pero ya imaginaba cómo sería mi primera vez. Y hasta tengo candidata. La nieta de doña Julia. Viene con su familia a verla con frecuencia. Si me cruzo con ella en la escalera, me sonríe. Entonces le hago una leve genuflexión y se ríe. No sé si eso será amor, pero cada vez que ocurre siento un cosquilleo por todo el cuerpo y los ojos que se van de su órbita. Era mi favorita para la primera vez, y la segunda, y la tercera… Y ya no podrá ser porque elegirán para mi estreno la que les gustaría a ellos. Los rasgos opuestos, seguro, a la encantadora nieta de doña Julia. ¿Por qué me meto donde no me llaman? ¡Qué siglo me espera!

11 de mayo de 1903, lunes | Lección de entomología



«Once de mayo de 1903». Leo la fecha en un certificado de defunción cuyo papel oscuro y envejecido ha empezado a deshacerse por los bordes. De inmediato me pregunto dónde estaba yo aquel día. Al siguiente o al otro lo sé, en su velatorio; imposible pensar que estuviera en otro lugar. No lo presencié como soy ahora, claro, pero de alguna manera tuve que asistir al entierro. Era el hermano pequeño de mi abuelo, del que apenas sobreviven recuerdos porque murió muy joven de una súbita apoplejía. En mi abuelo algo mío, al menos como potencia, debió de existir el día del sepelio de su hermano. Aunque si continúo con la lógica de este pensamiento veo que no conduce a ninguna parte: ¿también yo llevo dentro de mí la descendencia que tendré? ¿En qué parte de mis veinte años recién cumplidos, que ni siquiera cuentan con una novia para compartirla? Vía muerta, sin duda.

         En 1903 faltaban treinta años para que naciera yo. En aquella época mi madre aún asistía a la escuela primaria, sin albergar pensamiento alguno sobre el hecho de un día dar a luz un hijo, es decir, a mí. El hermano de mi abuelo, sin embargo, no debió de ocultar dentro ninguna descendencia futura, porque falleció tan joven. Y soltero. ¿Y si en realidad sí la llevaba, pero las circunstancias sobrevenidas impidieron que le diera tiempo a conocer con quién desarrollarla? ¿Dónde fue a parar aquella semilla? No sé por qué insisto en pensar lo que no admite pensamiento. La gente se preocupa por su supervivencia en el futuro, pero compruebo que a mí únicamente me intriga saber dónde diantres me hallaba antes de nacer.

El empezar a escribir mi primer libro es la razón de que me impacte tanto la fecha del fallecimiento de mi tío abuelo. Sin fecha concreta, la muerte de quienes nos precedieron es una idea abstracta, pero el conocer el día, el mes y el año de un acontecimiento lo acerca tanto que, de repente, parece formar parte de la vida presente, porque este año mayo tendrá de nuevo un día once, como entonces. De ahí que ahora casi recuerde su velatorio, al que asistí junto a mi abuelo, dentro del cuerpo o de la mente o quién sabe dónde. De las pertenencias que recogieron en la habitación donde vivía mi tío abuelo, naturalista vocacional, alquilada a una viuda en una casona de las afueras, la mayor parte, según le parece haber oído a mi madre años más tarde, se extravió. O quizá acabara en un basurero. Me inclino a lo segundo, teniendo en cuenta que las cajas entomológicas, llenas de insectos pinchados con agujas, y los herbarios, a rebosar de ejemplares secos de plantas y flores, no son recuerdos que a la gente le guste conservar en sus casas. Salvo que se tenga una desmedida afición a las ciencias naturales. De los bienes de mi tío abuelo solo ha perdurado una caja de cartón llena de papeles viejos y en desorden.

Recurro a esta caja, arrumbada desde hace décadas en el desván de la casa familiar, porque creo recordar que mi madre me contó que mi tío abuelo había escrito también un libro que nunca se llegó a publicar. Algo que no hizo mi bisabuelo, ni mi abuelo, ni mis padres, y el hecho de que a mí se me hubiera ocurrido empezar uno me une, de repente, a mi antepasado entomólogo. Entre papeles inocuos, me llaman la atención unas cartas que encuentro guardadas en una caja de madera atada con un cordel. Es lo único que despierta mi interés. En el remite, la sorpresa. Son tres cartas de Jean-Henri Fabre, el padre de los estudios naturalistas en Europa. Están redactadas, claro, en francés. Las dos primeras son convencionales, pero en la tercera, más extensa, leo «A l'occasion de votre agréable visite il y a deux semaines...». De inmediato alzo la mirada hacia la fecha y me quedo helado. «Harmas, 3 avril 1903».  Mi tío abuelo conoció al enorme investigador y maravilloso divulgador en su casa de Sérignan-du-Comtat. Nadie me ha hablado de este episodio.

Del libro que se dice que había escrito, aunque nunca publicado, sin embargo, no queda rastro entre los papeles de la caja. Una frase final de la carta tal vez aporte alguna luz sobre su paradero: «Je lirai prochainement votre manuscrit et promets de vous aider à le diffuser». Leyó estas líneas escasos días antes de fallecer. Pobre tío abuelo mío. Cómo me gustaría haberle conocido. De nuevo someto a mi madre a un intenso interrogatorio, pero no recuerda gran cosa, era muy pequeña entonces, solo cuenta anécdotas sueltas que escuchó en su adolescencia. Ni siquiera mi abuelo es capaz de concretar más. «Era muy independiente. Se pasaba la vida en el campo o de viaje. No podíamos ni ir a verle, tenía la habitación que ocupaba llena de bichos. Tu abuela se ponía de los nervios con solo olerlos». Es todo lo que he conseguido saber de mi enigmático pariente.

Inicio un cuaderno, idéntico al que contenía los primeros párrafos escritos de mi libro, con su nombre en el encabezamiento de la primera página: Profesor Augusto García Casado. Y vuelvo a repasar los papeles, extrayendo los datos que encuentro y poniéndolos en orden. No son muchos, pero el atento escrutinio de los documentos me descubre algunos apuntes de campo suyos, que posiblemente extraviara. O quizá, ahora que lo pienso mejor, olvidara guardar cuidadosamente en sus carpetas de anotaciones, que sin duda existieron, y que se han perdido todas. Salvándose solo lo que desechó, estos papeles huidos del orden que, sin embargo, han sabido navegar las décadas mejor que los clasificados. Paradojas del tiempo. Con lo que no quiso guardar tendré que contar su historia. En un apunte, que me parece especialmente hermoso, dibuja con tinta las dos tegminas de una mantis esbozada a lápiz, y sobre cada una de las alas traza y numera sus delicadas nervaduras. 

Cada papel suyo me permite salvar un momento de su vida que consigno en el cuaderno que le dedico, cuyas páginas crecen a buen ritmo. Donde no alcanzan las investigaciones, invento. Recreo viajes, capturas de insectos, recolecciones de plantas. He rebuscado en librerías de viejo entre los manuales de la materia que pudo haber consultado, pues sus libros tampoco se han conservado. Escribo en la cubierta del cuaderno un título con aires autobiográficos: Diez de mayo de 1903. El primer día del que tengo noticas de mi vida anterior a mi nacimiento. Es mi libro, aunque tampoco se publica. Alguna vez me pregunto dónde se perdieron los párrafos escritos del que iba a ser mi primer libro. Tal vez en el lejanísimo 2003 alguien los encuentre, en hojas arrancadas de un cuaderno inexistente, como única revelación de mi vida, igual que la de mi tío abuelo Augusto desaparecida en el rotar del tiempo, por no hacer mudanza en su costumbre.

20 de abril de1904, miércoles | Los últimos inquisidores



En el cuerpo están las últimas brujas

—la que despeñaron en 1904—

LUIS FELIPE VIVANCO


«No ves que va descalza». Quien detiene la marcha responde así al aullido de protesta que acaba de lanzar el emboscado que la encabeza. La luna, en brazos de una sirena de nubes, sin decir nada contempla la escena. Con sendos pasamontañas calados hasta el cuello de la pelliza abotonada hasta la mandíbula, dos tipos sujetan a la mujer vestida con una simple camisa de dormir. Sus pies sangran, magullados en todas partes por las aristas de las piedras que pisa. El del grupo que ha pedido parar la marcha se desata las botas. Se quita los calcetines. «Ahora el descalzo serás tú, ¿te parece bien eso?», grita el que dirige la cuadrilla, y añade para sí: «Qué más dará cómo lleguen sus pies, para lo que los necesita cuando vuele». «Me quedo aquí esperando. Me traéis las botas de vuelta». «Lo que no quieres es implicarte, cobardón». El insultado se acerca a la mujer y le tiende los calcetines. Le sueltan un brazo para que los recoja y luego el otro para que se siente en una piedra a colocárselos. Calla. Ulula por ella una lechuza desde el centro invisible de la noche. Avanzan por una senda escarpada que asciende al risco que domina el valle. Abril tiende una colcha de calma sobre la oscuridad. Aunque ninguno en la partida tenga la suficiente erudición para saberlo, los libros anotan el nombre de La Beata Dolores, ciega desde la infancia, como la última bruja ejecutada. En 1739. Y sesenta y nueve años más tarde la Inquisición fue abolida. Por Napoleón Bonaparte. «¿Por qué hacéis esto?». musita la mujer casi sin formar las palabras en los labios, una vez resguardados sus pies en unas botas de hombre. «Por bruja», clama el guía, «y ahora adelante, que hay que subir a lo más alto».

«¿Estás seguro de que es por aquí?», se atreve a preguntar Blasco. «¡Blasco, no te metas donde no te llaman!» es la única respuesta. El sendero se estrecha, a cada paso más intrincado. Ya no consiguen los dos guardianes ir uno a cada lado de la mujer. Se impone el caminar uno tras otro, en fila. Al poco es Matías, que cierra el grupo, quien sigue dándole vueltas a lo que no entiende. «¿Por qué la has llamado bruja, si la vamos a despeñar por puta?». Luis se detiene de repente y atravesado por la furia se gira: «Y qué más dará una cosa que otra, ¿o es que no son lo mismo?». Se acobarda el esbirro, pero cuando el cabecilla reinicia la marcha se desabrocha la pelliza, se la quita y la coloca, con precaución para que no resbale y se caiga, sobre los hombros de la mujer. Noche desangelada, el cielo nocturno apenas deja ver, entre nubarrones, las lejanas estrellas. Continúan andando en silencio. La línea de tierra despejada desaparece bajo sus pies, y las botas de los caminantes tropiezan con ramas, troncos y pedruscos que en la negrura de la hora se advierten con dificultad. Luis detiene el avance. «Conce, creo que...». El adalid le corta la frase con un latigazo verbal: «¿Cuántas veces tengo que repetir que no me llames así, que ese es el nombre de mi madre, que no el mío?». Blasco titubea: «Siempre, como siempre te hemos llamado, llamado así». Matías resopla: «Estoy cansado, hace frío». «Si no te hubieras quitado la pelliza, valiente gilipollas». Y añade el dirigente: «Este es el camino cierto, estoy seguro, pero de repente ha desaparecido. ¿Qué demonios ha pasado? Ves cómo era una bruja, acaba de hacer un hechizo en nuestras narices. ¿Y si la despeñamos aquí mismo, en esta espesura?». Blasco mira a Matías y este, en voz tenue, repone: «Si no hay ningún peñasco por aquí».

La mujer ha dejado de gemir. Se concentra en mantener las fuerzas para no desmoronarse y en asegurar cada paso en mitad de la maleza por temor a que si cae herida la abandonen a los animales salvajes en mitad de la sierra. La senda ha desaparecido hace tiempo y el risco hacia el que se encaminan no aparece por ninguna parte. El bosque se presenta cada vez más tupido y ni siquiera ya cuentan con la compañía fugaz de la luna. Los tres hombres avanzan por inercia, sumidos en un desconcierto que atribuyen a la hora y al cansancio. «Si no es el risco, por aquí hay un barranco que para lo que lo necesitamos, nos va a servir lo mismo», afirma Luis, el Conce más pequeño de los hijos del alcalde, al que en el pueblo llaman con el nombre de su mujer. Sabe que su madera de líder le obliga a mantenerse impertérrito en sus opiniones. Solo lamenta haber permitido que el gallina de Tomás se quedará atrás por dejarle las botas a la bruja. O no haberle dado un bofetón al blando de Matías por quitarse la pelliza que ahora la arropa. «Si no hay risco, habrá barranco», se chilla a sí mismo por convencerse. A escasa distancia, escuchan un rezongar entre la fronda que no se ve. «Un jabalí», anuncia Blasco. La mujer se detiene, aterrorizada. Matías la sujeta por los hombros: «Ca, nada de ponerte miedosa ahora, aquí estamos nosotros para defenderte».

El Conce no sabe si sacar la navaja y cortarle el cuello a los tres que le siguen o clavársela a sí mismo, pero lo que no duda ya es que la situación se lo exige. Echa mano al interior de la faja y la extrae. Con parsimonia la despliega. A la palidez repentina de la madrugada, el metal brilla. Y vuelve a brillar la luna, ahora en el claro donde se han detenido. El jabalí se mueve, también cauteloso, entre las matas. «Esta me pide sangre», clama el Conce menor de los Conce. Matías da un paso adelante para situarse delante de la mujer, frente al agresor. Se arranca el pasamontañas: «Por puta se puede despeñar a una mujer, lo dicen todas las escrituras, pero por bruja ni hablar. Por bruja no se le puede tocar ni un pelo. Antes tendrás que pisar mis huesos. Mi abuela era bruja. Les vendía potingues y les hacía remiendos a las jóvenes y conocía todos los secretos y jamás un guardia le arrancó ninguno. Más valiente que un varón, no hubo mujer así en el pueblo. Estamos en 1904 y en 1904 ya no se despeñan brujas». «¿Y tú Blasco, qué opinas?». Blasco se desata el pañuelo del pescuezo y lo anuda en el cuello de la mujer sin decir nada. Luis el Conce clama hacia la luz naciente, que ilumina ya su espalda: «Pandilla de blandos» y sigue adelante por el sendero que no existe. Los dos hombres y la mujer se dan la vuelta cabizbajos, en silencio, para desandar el camino, ahora que se ve dónde se pisa. Y el jabalí entiende que son horas de regresar a su guarida.

24 de marzo de 1905, viernes I Retrato conmemorativo de Julio Verne


No me hizo ninguna gracia que me reclamaran para un trabajo así. Un fotógrafo de fiambres es lo último que me dejaría llamar antes de soltar un mamporro al que lo pronunciara delante de mí. Pero también es verdad que si se lo pidieran a otro, aún me lo hubiese tomado peor. Y no solo porque lo cobrara en mi lugar, sino porque en este caso el difunto era renombrado y eso se transmite como la pólvora a todo cuanto se relaciona con él. Ahora sobre todo, cuando el célebre ya no va a poder disfrutar de otro privilegio que no sea el descanso eterno. Vaya, que me presenté en el 44 del bulevar Longueville, aquí en Amiens, más que dividido, peleado conmigo mismo. Como siempre, de hecho.

Me había avisado, con un billete garabateado que me trajo un muchacho, el hijo, el señor Michel Verne. Él mismo fue quien me abrió la puerta. Lo conocía de vista. Un tipo de mi edad. Elegante. De mundo. Con un buen retrato. Esta posibilidad y sus maneras cosmopolitas diluyeron el vinagre con el que había recibido el encargo. Enseguida se da cuenta uno de que no le han llamado por la rancia costumbre, sino por respeto al arte de atrapar lo que la vida de sopetón se ha llevado por delante como hace siempre, sin preguntar a nadie si el momento era el adecuado.

Dejo la cámara y los instrumentos de trabajo en el recibidor, al cuidado del chico que me ayuda a transportarlos, y paso con el hijo a la estancia del padre. El afamado escritor reposa. Se diría, como se conjetura de todos los finados, que duerme. El pelo revuelto sobre la oreja por haber estado tumbado de un costado. La barba blanquecina. El pobrecito había penado una triste enfermedad durante los últimos días. Le digo al señor Verne que no es menester cuando propone enviar al ama de llaves por un peine. Contemplo sus dedos en las manos entrelazadas sobre el pecho. Sosegado ante el tránsito. Sugiero que le alcen un poco la cabeza con otra almohada debajo de la almohada. El encuadre, perfecto. Voy a decirle que ni se mueva al padre, pero me retengo a tiempo y le pido al hijo que no toque nada. Y salgo del cuarto a buscar mis bártulos con la fotografía que quiero hacer ya hecha en el pensamiento sin siquiera haber montado la cámara sobre el trípode.

No veo, la verdad, una diferencia entre fotografiar personas en vida o ya idos. Quiero decir, la diferencia está en la realidad, pero no en la imagen. Ocurre igual que con los relojes. Puede que haya uno que no funciona hace años. El fotógrafo obra con él el milagro de devolverle a la cronología. La hora que señala ya no será la antigua en la que se detuvo o la presente siempre inverosímil, sino la real de la escena captada. Lo mismo ocurre al contrario. Aquel reloj que trabaja corrientemente, la estampa lo detiene para siempre. Vida y muerte se confunden en la fotografía. Los vivos quedan atrapados en idéntico hieratismo al de quien perece; los muertos permanecen iguales a sí mismos en el papel mucho más allá de lo que el tiempo está dispuesto a respetarlos.

Y en cuanto extraigo la placa de la cámara ya huelo la pólvora de la fama contagiándome y encendiendo mi nombre. Quién habrá captado este estremecedor instante, se preguntará aquel que en el futuro admire las obras del genio. Los dos, fiambre y fotógrafo, de la mano, eternos. Como manillas de un reloj estropeado, pero siempre en hora.

19 de marzo de 1911, domingo | Primera celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora


Para Celedonia

Marzo le lanza gotitas de color a la muralla de la Reina. Tengo ya once años, los acabo de cumplir. No me voy a olvidar nunca de mi edad. Desde pequeña sé que es la misma con la que se conoce el año, cada año. A veces escucho pronunciar una fecha y me doy la vuelta, como si hablaran conmigo. Se lo pregunté a madre, ¿todos los niños cumplen años con el año? «Sube la tinaja del aceite, que hace rato que la espero» fue la respuesta. Acabo de descubrir que con el último aniversario he dejado de ser la niña que era. Lo pensé la otra mañana, cuando salí a las eras para llevar a padre el almuerzo y, de repente, me dio por quedarme contemplando el muro. Chispas de color sobre el uniforme pardo de la piedra.

De repente he pensado que nada me gustaría más en el mundo que me regalaran un collar. Con bolitas de colorines. Como las flores. No una bata, no unas medias, no una cinta para la trenza. Un collar. Para el cuello que luce desnudo. Pero, si ya no soy una niña, en realidad ¿qué soy? Tampoco creo ser todavía una madre, como madre. Ni una hermana mayor, porque ya la tengo y no puedo saltar por encima de ella. Son preguntas que me parecen difíciles. Las niñas del pueblo que van a la escuela quizá sepan responderlas. A mí me dejan en casa. Lavo, friego, cocino, doy de comer a los animales mientras padre y madre están en el campo. Pero el muro, con las florecillas que nacen entre piedra y piedra, me ha hablado. Once, me han dicho, es hora de que florezca tu cuello, tan adusto. Tu mirada, tu pensamiento. No sé de qué me habla, solo siento que algo bulle como un puchero al fuego dentro de mí. «¿Has llevado los mendrugos a los gorrinos?», oigo la voz de madre que grita desde lo alto de la escalera. En cuanto acabe de cumplir de verdad los once años y sea ya mayor, le responderé como me apetezca, pero ahora le digo: «Sí, madre» y corro que me las pela. De momento. 

17 de abril de 1912, miércoles | Eclipse total


Mi madre me trajo a este mundo a dos pasos de la plaza del Cascorro con la intención de que no saliera nunca de su tela de araña. No se me da mal cumplir órdenes, aunque también aliento, en secreto, el deseo de conocer sitios exóticos. Nací en otro siglo, uno con más encanto, y el que ya me acoge, ni fu ni fa, pero creo que no ocurre lo mismo con los lugares. Existen ahí fuera paisajes por los que se puede abandonar La Latina con provecho. Soy estudiante, por ser algo, y lo voy estirando todo cuanto puedo. Sería petulante confesar ahora que no apruebo las asignaturas en ocasiones para no pasar de curso y mantener mi estatuto, porque nadie me creería, pero lo cierto es que antes que los contenidos aprecio el valor que tienen los estudios para situarle a uno frente a ocasiones que no se prodigan en el barrio. Es el caso que he vivido esta primavera. Un colega de ciencias, de los que al salir se encaminan hacia Recoletos, al que conocí una tarde de ocio por casualidad, me propuso un viaje a León para acompañar y echarle una mano a un tío suyo, que es astrónomo. Me dijo que no pagaban sueldo, pero tampoco nada tendría que gastar en el desplazamiento y la estancia. Miel sobre hojuelas.

         Había oído hablar, aunque entonces era un niño, primero, y un adolescente, después, de los eclipses de inicios de este nuevo siglo. Una vaga idea tenía sobre el asunto, como para asentir si alguien contaba algo, pero sin aportar a la conversación ni un ápice de sentido. Pasar unos días lejos de Madrid, donde no hubiera tranvías alborotando por todas partes, bastaba para saciar mis teóricos deseos de paz campestre. Hacia León, que desde el Cascorro sonaba a paraíso incógnito, cogimos un tren. Partimos una mañana, temprano, desde la estación del Norte. Qué bien y cómodo se viaja en ferrocarril, aunque a veces, según sea la curva, la carbonilla que lanza la locomotora invada el compartimento. Nada de eso me distrae del viaje. Cada parada es el descubrimiento de un lugar donde pienso que podría haber nacido. Por eso me gusta mirarlo fijamente. También me encanta comer en el vagón restaurante y saber que no voy a pagar la cuenta. Ver cómo va quedando todo atrás, consumido por la velocidad a la que nos movemos, me pone de buen humor.

A media tarde, casi diez horas después, llegamos a la estación de León como quien desembarca en otro mundo. Otro olor, otro clima, otro paisanaje. Dormimos en una pensión y al día siguiente aún tuvimos que tomar otro tren, el que cruza por el puerto del Manzanal por unas pendientes de cuidado hasta llegar a nuestro primer destino, Ponferrada. Donde han de llegar también los trescientos cristales ahumados, asunto que de momento es el que más preocupa a quienes acompaño en este viaje casi como un porteador, porque poco entiendo de lo que hablan. Sin los cristales, no habrá observadores posibles durante el eclipse. Reclutarlos entre los maestros, oficiales, guardias y personas que supieran escribir de los pueblos será la tarea siguiente. Mi amigo, entre tanto, me ha ido ilustrando poco a poco sobre esta historia y qué pintamos nosotros. Ante la previsión de un eclipse en 1912, su tío, director de un observatorio astronómico, pidió al gobierno, como era preceptivo, mil pesetas para comprar anteojos, cámaras, cronómetros, prismas, un telescopio, un celostato y un espectrógrafo. Le dijeron que no había fondos y que la expectativa era que el eclipse sería solo humo, nada que valiera la pena consignar. Y sin aparatos no se puede establecer con exactitud el tipo de fenómeno astronómico que ocurre, su línea de centralidad y la anchura de su franja. Aspectos todos ellos que en los cálculos previos tampoco se había logrado determinar. «Entonces a mi tío se le ocurrió una genialidad, y además sin gastar ni un duro, o mejor, solo un duro para los cristales», me dijo mi amigo. Y añadió: «Escucha».

Lo resumo en los términos que entiendo, porque hay otros, más técnicos que se me escapan. Para el día del eclipse su tío había dispuesto, en ausencia de aparatos específicos, tres líneas de diez kilómetros y cien observadores en cada una, uno cada cien metros. Una línea en Galicia, otra en León, en la que nos integraríamos mi amigo y yo, y la tercera en Asturias. Ese era el recorrido por España previsto para el eclipse. Las tres filas de observadores, perpendiculares a la más o menos prevista línea de centralidad, conseguirían establecerla con exactitud gracias a las observaciones de cada participante, así como también la dimensión de la franja de totalidad. E incluso determinar qué tipo de eclipse iba a ser, si parcial, si total o anular. Que tampoco se había determinado con precisión. Los políticos afirmaban que sería parcial y los astrónomos suspiraban por su totalidad.

El miércoles 17 de abril amaneció nublado, quizá solo para aumentar el pesimismo propio de las empresas innovadoras. Desde bastante antes de salir el sol abandonamos Cacabelos, donde nos habíamos instalado, en carros y calesas. La plaza, de madrugada, parecía un mercado persa. Cien hombres, más los curiosos, abultan lo suyo. Se repartieron los cien cristales ahumados, junto a una nota con explicaciones, gráficos e instrucciones. Papel para las anotaciones y lápiz. A las ocho de la mañana ya estaba cada cual en su lugar. A veces era una loma, otras un camino o una viña y a algunos les tocó aguardar el eclipse en mitad de un corral. Por poco me libré de esta opción, la peor de todas, que le cayó a quien tenía el número posterior. A mí, me tocó junto a un aprisco, pero fuera del vallado. Dentro había un perro que me estuvo oliendo un rato, curioso, al otro lado de la cerca. Se iba y volvía para ver si ya me había ido, pero en ningún momento me ladró. Era un perro juicioso que enseguida comprendió que conmigo las ovejas no corrían ningún peligro. Durante la larga espera me pareció que se acostumbraba a mi presencia sin problemas.

Pasadas las once de la mañana, de repente, entramos en tensión. Algo empezaba a ocurrir en el cielo, que ya se había despejado de las nubes que lo ocultaban. Coloqué el cristal ahumando frente a los ojos y percibí una uña que arañaba la superficie solar. El eclipse había empezado. Me olvidé del mundo. Y el mundo se olvidó de nosotros. El sol oscurecido que veía por el cristal lentamente fue extendiéndose por los campos de alrededor, como si el mediodía se confundiera con la medianoche, aunque de un modo diferente. No es que anocheciera, es que los colores, cómo lo diré, se desvanecían ante los ojos. Perdían los colores su color. Un silencio, que parecía emerger de las piedras, clausuró la realidad. Una quietud que no solo era una expectativa, sino casi una petrificación. La uña se convirtió en dedo y durante un instante ocupó al completo la esfera solar. Fue un momento mágico, sí, pero también tenso por el trabajo a realizar. Quise contar los segundos que duraba, pero no conseguí llegar al primero. Cuando lo nombré, «Uno», ya había asomado la uña de luz por el otro costado. En ese momento el perro del redil se acercó a mí. Y por primera vez me ladró, pero no eran ladridos para asustarme, al contrario, me parecieron ladridos muy humanos, como si me estuviera preguntando si yo sabía qué pasaba. Y le hablé con claridad: «Es un eclipse —le dije—, no te apures, no les pasará nada malo a tus ovejas». Y el perro, como si me hubiera comprendido, se dio media vuelta y se fue muy despacio, sin correr, meneando con la cabeza como si meditara: «¿Un eclipse? ¿Qué demonios será un eclipse?».

15 de septiembre de 1913, lunes | Franz Kafka en Venecia



El nombre de Venecia, repetido por los viajeros exaltados, llega a mis oídos desde proa como el eco de un orante. Bendición que no puedo rezar yo, retorcido encima de una caja de madera, por no tirarme al sucio suelo, mientras trato de ocupar en la realidad el menor volumen posible. La cabeza entre las piernas y los brazos por encima, porque erguido mi cuerpo gira a la velocidad de una peonza que hubiera lanzado la estatua de un prócer hecha carne. Sé que el barco de vapor donde navego desde Trieste se acerca a la ciudad con la parsimonia de dos cuerpos que aspiran a un coito matrimonial. Es lo que me hace pensar en Felice, ahora, y en la celebración de una ceremonia que me produce idéntico vértigo al que padezco por el incesante balanceo de la galerna. Solo consigo desenredar los pensamientos sobre mi mareo y sobre Felice, como si uno fuera causante del otro. Escucho el Shemá profano de los asombrados viajeros entre el chapoteo del oleaje contra el casco sin lograr ni siquiera acercarme hasta el ventanuco redondo para contemplar también yo el prodigio que he venido a ver.

         Justo en el momento de virar ante la Punta Sabbioni, tal como había previsto que hiciera la ruta que había trazado en un pequeño mapa del norte de Italia, adquirido en Trieste, de repente se desata sobre el barco y sobre Venecia un aguacero. Los viajeros regresan apresurados a cubierta y se refugian a mi alrededor, dándome algunas patadas en su pretensión de pegar las narices a un cristal manchado de sal y convertirse de nuevo en orantes. Solo lo que oigo de sus labios con exclamaciones — ¡Giudecca!, ¡Gran Canal!, ¡cúpula de San Marcos!— es lo único que veo. Por sus voces sé que el vaporetto Carmen, se llama como una novia que no es mi novia, se acerca al dique. El hotel no está lejos, lo sé, hay que caminar un centenar de metros por un paseo junto al canal, al que los venecianos, con un discernimiento que mi estado tambaleante duda en reconocer, llaman «Fondamenta», igual que los filósofos a sus creencias.   

         El Sandwirth es un hotel de estilo oriental. Cuando lo distingo en la distancia, bajo el paraguas que sostiene un mozo a mi lado, mientras otro detrás carga con la maleta, empapándose, se lo indico, casi en italiano: «Per raggiungere questo hotel è necessario arrivare in carovana di cammelli». Ni un mozo ni el otro, sin embargo, se inmutan. Será por el chaparrón que está cayendo, así que me concentro en mí mismo. Las piernas, aún bamboleantes, no están seguras de sostener ni siquiera el nimio peso de mi cuerpo cuando, por entretenerme con las vistas, no advierto el charco en el que naufraga mi zapato derecho e, inmediatamente, el izquierdo. En un instante el agua rodea mis tobillos, como una bufanda afianzada al cuello en día de ventisca, y traza un círculo perfecto, pero de súbito helor.

         Acabo de escribir, en una habitación trasera del Sandwirth, una tarjeta postal a Felice.  La he comprado en la recepción y me ha servido a mí también para obtener así al menos una imagen de Venecia. Solo he sabido escribirle que no cesa de diluviar, como si la inmediatez me rescatara de los debates que azotan mi interior. La carta que he de enviar a su padre desde hace semanas; la carta que me da vueltas en la cabeza, más que mi mareo, sin que me atreva a convertirla en palabras. No concibo que dar el paso que nos reúna en un único destino suponga que me separe yo del mío. Que no otra tragedia será renegar del sentido que orienta mi vida, la escritura, renunciando a los hábitos que lo sostienen. Pero no consigo pensar claro tampoco ahora. Mañana, si logro dormir esta noche, le escribiré a Felice lo que hoy no sé ni pensar.

         El temporal continúa cuando decido emprender mi primer paseo por Venecia. La precipitación no se detiene. Me sitúo junto al botones, en la puerta, y practico mi pobre italiano: «Nessuno mi aveva detto che a Venezia piove». Sonríe y, pensando quizá en la posible propina, se arriesga con un dato sentimental: «Oggi, tanto quanto a Berlino». Pero ha fallado en el tiro. En Berlín solo está Felice, a quien la lluvia me había hecho olvidar por un instante. Y de repente regresa en la voz del botones y me roba la posibilidad de continuar el diálogo. Me giro hacia la Fondamenta vacía, me cubro con la capa y empiezo a andar en dirección a la plaza de San Marcos. La lluvia repiquetea en las baldosas a mi paso. Después de caminar un buen rato sin cruzarme con nadie, veo a un comerciante, con el delantal abrochado a la prominente cintura, bajo la marquesina de su establecimiento, tan sin clientes como el paseo. Desde lejos le pregunto: «¿Piazza San Marco?». Y de inmediato levanta un brazo en la dirección opuesta a la que avanzo.

         Nada más alcanzar los soportales del Café Florián me quito la capa, que chorrea agua como lo haría un arroyo de montaña. La sacudo y la doblo. Entro. El camarero me señala desde la otra punta una mesa para dos en una esquina de la sala. Ocupo la silla destinada a Felice con mi capa y mi sombrero, completamente calados. En la otra, me siento. Observo alrededor penosas pinturas ricamente enmarcadas, espejos enormes, molduras al gusto del siglo pasado pintadas en dorados. En un café de estación ferroviaria me sentiría más a gusto, sin duda. Se acerca el camarero y parece no tener mucho trabajo, porque consigo de su paciencia que avance mi práctica del italiano más que con todos los botones del Sandwirth juntos. Cuando se da la vuelta para ir en busca del servicio que he encargado se instaura en mi mente el primer instante de sosiego en Venecia. Que al momento siguiente se estrella contra el suelo igual que haría una copa de vino rozada con el codo sin querer al levantarse.

         Sin que lo advierta se ha acercado desde una mesa vecina, arrastrando su propia silla con una mano y su taza humeante en la otra, un desconocido. Me pide permiso para sentarse a mi mesa en alemán y sin que me dé tiempo a rechazar su oferta, se sienta. Se presenta formalmente como ritter von Pflügler, Ingeniero de Construcciones de Siemens & Halske. Me tiende la mano. Respondo por inercia: «Franz Kafka, Administrador de Seguros». «Su alemán —me replica de inmediato— me evoca el este». «Praga». «Claro, qué cabeza tengo», y utiliza el sustantivo birne en lugar de kopf, como haría cualquier mozo de cuerdas berlinés. «¿De turismo?», le pregunto no sé por qué, pues lo que en este momento deseo es que desaparezca de inmediato y me deje a solas con la ausencia de Felice. «En absoluto, querido amigo, estoy aquí en Venecia para desempeñar una misión altamente secreta».

         Que tampoco se esmera demasiado en ocultar. El caballero Pflügler me cuenta, sin que yo ni siquiera se lo haya sugerido, que le ha enviado su empresa a la ciudad para preparar un proyecto innovador. «Ya sabe, queridísimo amigo —la confraternización resulta fácil con Pflügler—, que Siemens & Halske hace treinta años puso en pie la primera línea comercial de tranvías en el mundo, —y puntualiza— capital Berlín». «Claro», afirmo desde mi ignorancia absoluta sobre la historia de los tranvías. Mi asentimiento, sin embargo, resulta una llave certera para adentrarse más a fondo en la materia reservada de su presencia en Italia. «Siemens & Halske se propone construir un servicio completo de tranvías para Venecia». Según me cuenta, sus planes son para una primera línea, que recorrerá el Gran Canal por ambos márgenes y conectará con una segunda línea que realizará un trayecto perimetral a toda la isla, más una tercera línea que conectará con el continente por San Giuliano. Los convoyes discurrirán —continúa la efervescencia de sus explicaciones— sobre una plataforma cuya estructura metálica se fijará en el fondo del canal mediante los mismos pilotes de madera de roble hincados en la arcilla que sostienen todas las construcciones de Venecia. «Si un palacio barroco se mantiene en pie, ¿no lo hará el paso fugaz de un tranvía?».

         Mareado, ahora no por la galerna, sino por el torrente de confidencias técnicas del caballero Pflügler, y casi sin probar la consumición que había pedido, me levanto como puedo, pese a sus protestas, saludo y abandono el Florián. San Marcos se mantiene tan enorme como desangelado bajo el azote incansable de la lluvia. Avanzo pegado a las paredes hasta que consigo llegar al Sandwirth. Y al fin obtengo, como premio al ajetreo de este día, el silencio de la habitación que acompasa el ya tenue repiqueteo de las gotas en la ventana. Tomo asiento frente a una cuartilla. Retiro el capuchón, con la vaga intención de escribir a Felice la carta prometida, sin embargo, la tinta de la pluma abre los ojos, como quien se despierta de un sueño alterado, y reconoce como suyos la cama, la mesa, las ropas en el respaldo de la silla y el álbum de postales ilustradas de Venecia, pero en absoluto las súbitas rarezas de su cuerpo, «echado sobre el duro caparazón de su espalda». 

Foto de Jordi Canals

3 de octubre de 1915, domingo | Aria aciaga


Añorada Geraldine, recibí tu carta hoy hace una semana. Me la entregaron en mitad de la marcha hacia la posición que ahora ocupamos, mientras nos avituallaban en un pueblo de montaña para que nos alimentáramos más tarde, de camino. El cartero militar la llevaba atada con una cuerda, junto a las destinadas a mi regimiento, y envuelta en un paño raído y pringado de barro. La de días que la llevaría a lomos de la mula con la que se desplaza por las líneas del frente. Pensé de inmediato en el frío y en la humedad que habrá padecido tu caligrafía hasta alcanzar el calor de mis manos. Pero lo importante es que llegara. Ni siquiera la pude abrir allí mismo, ni tampoco hice nada por intentarlo. Preferí guardarla en el pequeño macuto que llevo siempre cruzado sobre el pecho y seguí la ruta. A veces, en los días densamente nublados, se abre un mínimo agujero entre nubarrones y se cuela un único rayo de sol que ilumina solo un pedacito de paisaje: unas matas, un árbol, un ruiseñor en la rama y el charco que lo refleja. Eso exactamente es tu carta. 

         Me pides que te cuente aventuras de la guerra, pero a mí solo me apetece oírte hablar de música, de conciertos, de piezas que has empezado a ensayar. Pero no me cuentas nada. Cómo me gustaría que me explicaras qué se sabe de Debussy, ¿cómo anda de salud y de ánimo? ¿Has conseguido escuchar «En blanc et noir»? Lo que daría por oír los detalles de tus impresiones. ¿Conseguiste asistir al estreno del «Trío en la menor», de Ravel? Son obras con las que sueño. Las imagino atravesadas por el genio y por el lamento. Las reconstruyo con las notas que desconozco y suenan en mi cabeza con una melodía enteramente inventada, pero algo me dice dentro que en verdad son las obras que nunca he oído las que oigo. Algún día debería anotarla en mi cuaderno directamente desde la ensoñación, hace tanto que no veo un piano que ya solo suena mi memoria.  Y los disparos de fusil y las ráfagas de las ametralladoras y las granadas de mano y los obuses lanzados por enormes piezas de artillería. La cacofonía de la guerra.

         Pero me pides que te hable de ella, como si al marido sorprendido en un amor ilícito la esposa le rogara saber cosas íntimas sobre la amante casual, y a mí no me queda más remedio que, amedrentado por la infidelidad de no estar ahí contigo, relatártelas. Verás. Te voy a definir la guerra en la brizna de hierba de un episodio. Anteayer estuvo lloviendo todo el día. En la trinchera corría a su antojo un palmo de agua y de una parte a otra se caminaba chapoteando. Por más que amontonaran sacos en el alféizar de las salas y de los cuartos, al haber sido excavados por debajo del nivel del corredor, también estaban encharcados. Al anochecer, los que acababan la guardia se pegaban a las paredes y allí se quedaban adormilados, en pie, como sonámbulos. Algún listillo se subía a la boca menguada de un tonel de municiones y dormía encogido como un estilita. Cuando oí mi nombre en la boca del cabo para las patrullas de vigilancia nocturna respiré con alivio. Al menos tendría entretenimiento para las largas horas de la húmeda vigilia. En la batalla se aprende que no es más peligrosa la noche que el día. Al contrario. La noche encubre. A otro y a mí, el teniente nos envió al extremo oriental, al pie de las posiciones enemigas, para que controláramos una parte de la alambrada que había sido reventada por su artillería. La noche estaba húmeda, pero tranquila. La tormenta había pasado. Era como haber salido el último de un baile, cuando ya solo quedan por el suelo envoltorios de caramelos y cigarros a medio consumir.

         Nos acercamos al lugar a donde debíamos apostarnos bajo el amparo de unos nubarrones densos que pintaban la noche con oscuridades absolutas. Por el impacto de un obús, dos postes habían saltado por los aires y los alambres dibujaban un cuadro al gusto de los futuristas. En el silencio de la noche nos llegó, enredada en la brisa, que la sentíamos de cara, el rumor lejano de una conversación. En alemán. El enemigo también parecía tranquilo, voces sosegadas, discursivas. Un hombre que le confiesa sus temores y aprensiones a su compañero de armas. Un clásico de las guardias nocturnas. Así pasaba el tiempo. Nosotros dos, al acecho, en silencio. Me entretenía tratando de convertir en notas la brusca melodía de la lengua alemana que me llegaba a los oídos. No comprendía las palabras, en absoluto, pero de repente sí sabía lo que estaban diciendo: «Ya no serás mi hija jamás». Uno de los dos alemanes, con voz impostada a propósito de soprano, se había puesto a tararear el aria de la Reina de la Noche, de Mozart, que alguna vez te había oído cantar a ti, con sus caracoleos vocales, o quizá su cacaraqueo cósmico, no sé bien cómo decirlo. Me daban ganas de salir del matorral tras el que lo escuchaba y correr a sumarme al coro. Y abrazar al alemán y a brindar con él por Mozart.

         Pero lo que ocurrió a continuación se despeñó delante demasiado rápido como para comprender sus consecuencias. De repente, sin que lo hubiéramos previsto, al nubarrón le pareció oportuno largarse a otra parte, y dejó luciendo, en mitad del cielo, una extraordinaria luna llena que fue igual que cruzar por delante del Moulin Rouge una noche de sábado. Los dos alemanes estaba mucho más cerca de lo que habíamos creído. Apenas a un tiro de piedra. Apoyados en sendos fusiles, uno cantaba y el otro fumaba, ambos distraídos. Nosotros estábamos un poco menos cómodos, pero igualmente relajados. Nos vimos, de golpe, unos a otros, cara a cara. El pavor se impuso en los movimientos. Ellos trataron de montar sus armas. Nosotros las manteníamos montadas. Nadie nos había disparado. Ni siquiera les dio tiempo a levantarnos la voz. Tampoco teníamos previsto hacer lo que hicimos. Fue un acto reflejo. Como quien se sienta a un piano y sin pensarlo teclea las notas del «Para Elisa». Estaban tan cerca que solo se libraría quien disparara antes. Y disparamos nosotros. La conversación que interrumpieron las balas era amable y cálida, musical incluso, pero intempestiva en un tiempo de guerra. Podríamos haber sido nosotros los que charláramos, o tal vez cantáramos, de haber llegado al puesto antes que ellos. Uno lanzó un breve aullido, el otro cayó al suelo con el cigarrillo aún en la boca, iluminándole la mueca del final.

         Me había prometido no contártelo. Hablarte solo de música, de arte, de proyectos para cuando este absurdo acabe. Pero lo dejo para la próxima carta. Un beso. Tuyo, Eugène. 

16 de marzo de 1918, sábado | Dona ei requiem



«Se diría que duerme». La llama de los cuatro altos cirios ilumina la estancia. Crucifijo de plata. Silencio compungido del piano. «Descansa», le repone Nadia con ojos sin luz. La voz casi sin sonidos consigue articular, ahora, una frase. «Usted, señor Fauré, le desveló los secretos de la música». «Oh, Nadia, llámame Gabriel, por favor». Sobre el vestido de terciopelo oscuro con el que la han vestido reverbera el movimiento de las llamas. «Los secretos estaban ya en tu hermana, yo solo le enseñé a acariciar las teclas con los dedos. Era una niña a la que había que alzar con los brazos para que pudiera sentarse en la banqueta, pero en el teclado ya buscaba qué combinaciones serían las suyas. Ah, Lili Boulanger, siempre admiré tu genio, pequeña. Qué ingrata ha sido la vida contigo». «Injusta –replica Nadia de inmediato–, profundamente injusta. Esta es la palabra. En verano celebraríamos sus veinticinco años, ni siquiera ha llegado a cumplirlos. ¿Qué son veinticuatro años sino el preámbulo de una vida? Se ha ido sin conocer el contenido maduro de su talento. Eso es lo injusto, para ella, para nosotros, pero también para la música». Desde la sala contigua llega el bisbiseo de conversaciones expresadas con la sordina del velatorio, punteado por los esporádicos gemidos de Raïsa. «Una madre no debería nunca ver morir a su hija». «Es verdad... Gabriel».

La campanilla suena con asiduidad y el servicio acompaña a los recién llegados hasta la sala noble. Profesores del conservatorio, compositores, directores de orquesta, concertistas, músicos todos que acuden en silencio. Algunos desean despedirse de la finada y acceden a la pequeña sala donde arden las cuatro hachas. Nadia y Gabriel se retiran a una esquina. «Una vida amputada por su mitad», medita en voz alta Fauré. «No estoy segura de que haya ocurrido así, que Lili se vaya como algo truncado. Creo que era consciente de la breve dimensión de su existencia y no quería que su partida fuera un corte, sino... no sé cómo decirlo —Nadia tartamudea un instante—...el...el broche de una vida con pleno sentido». Fauré no consigue evitar un ligero respingo: «No sé si comprendo lo que dices, ¿qué significado puede tener, Nadia, el sinsentido de la muerte de un genio solo con veinticuatro años?». Varias personas pretenden entrar en la pequeña sala de vela. Los cuerpos se aprietan en tan reducido espacio, donde las muestras del dolor requieren súbitos movimientos que enseguida quedan interrumpidos. Nadia sujeta por el brazo al viejo compositor y lo arrastra fuera. «Venga, Gabriel», y aún del brazo le guía por la casa hasta un despacho. Paredes forradas de libros, una mesa cubierta de papeles y diversos instrumentos repartidos por la habitación. Un violoncelo, una arpa, un violín sobre el asiento de una silla, un piano de pared. «Este fue la biblioteca de papá y ahora era el taller de sonidos de Lili». Fauré contempla el lugar abstraído. «En ese piano empecé a darle clase antes casi de que supiera hablar. Siempre había admirado a tu abuela y Ernest fue para mí un maestro. Aún tendremos que agradecer que no haya tenido que pasar por este trance». «Lili, es cierto, fue la debilidad de mi padre. Tenía siete años cuando él murió, siempre he pensado que al marcharse le legó íntegro su talento». «Una parte quedó en ti, Nadia». «Solo la pedagógica, Gabriel, el genio lo heredó entero Lili. Y ella lo sabía, y por eso quiso darle un sentido completo a su vida, pese a la brevedad que la amenazaba desde que tuvo uso de razón». «No entiendo qué quieres decir».

«Verás...», musitó Nadia y en silencio rebuscó entre las hojas que cubrían la mesa de roble en diversos montones, «... no quiso dejar ningún cabo suelto. Esta es su última obra —extrajo un manuscrito y lo sujetó con manos temblorosas—, me la estuvo dictando durante los peores días de la enfermedad —y lo extiende hacia Fauré—. Padecía convulsiones continuas y tenía los dedos agarrotados por el dolor y el cuerpo plagado de lesiones. Y, sin embargo, la mente continuaba enteramente lúcida. Me dictó todas las notas sin ninguna vacilación, como si la pieza estuviera sonando en su memoria. Ya lo ves. Es una despedida, un Pie Jesu, el Pie Jesu más estremecedor que hayas escuchado jamás». Mientras lee las notas en la partitura Fauré endurece el gesto con la impresión. «¿Esta tonalidad?», se pregunta a sí mismo, pero es Nadia quien le responde: «Es impactante, no clama una piedad para ella, sino que desde la música lo hace para el mundo, es el lamento aciago de todos los pecadores cantando al unísono». «La tonalidad en pie de guerra contra sí misma».

«Es su despedida, pero no es su última obra». Nadia regresa al montón de papeles acumuladas sobre la mesa. Extrae unas hojas mientras Fauré continúa absorto en el Pie Jesu. Aquí está, en estas dos obras, el sentido cíclico de la vida. Pudo escribirlas con su propia caligrafía que, si te fijas, se desgarra en ocasiones, se rompe por el dolor que ya le producía el movimiento de las articulaciones. Aun así, concluyó las dos para tres instrumentos con piano y después las transcribió para orquesta. Ella sola, sin mi ayuda. Enseguida comprobarás que ambas piezas comparten ritmo, color y tema, siendo como son dos maneras opuestas de ver la vida, Desde una mañana de primavera, como ves —Fauré lee embebido la partitura—, festeja con sublime alegría el don de la vida, y Desde una tarde triste es el más compungido lamento que se puede escribir por el rapto que la vida se infringe a sí misma con su ocaso».

19 de febrero de 1919, miércoles | Encuentro en Raivola


El Báltico es una losa de sílice que quema los pies si se camina por encima, dice Edith nada más detenerse frente a la playa de Raivola. Hagar contempla el mar abierto junto a su amiga. En Gustavs, ahora recuerda el pueblo donde nació, da la impresión de que de islote en islote se pueda ir saltando a Estocolmo, nunca he estado en Estocolomo, ¿y tú Edith? Ambas se hablan en sueco. Conozco bien los hospitales suizos, son grandes, el aire no consigue nunca embolsarse en sus ventilados corredores, techos altos, grandes ventanales, uniformes blancos, tenía solo diecinueve años y ya arrastraba una sentencia, tuberculosis, pero este año, cuando florezcan los abedules, cumpliré veintisiete años, me parece un milagro. Hasta septiembre tuve veinticuatro años, replica Hagar. Vaya, tú te quitas años y yo me los pongo. Será porque tienes complejo de ser la mayor de las dos. ¿Tú crees?, solo he nacido un año antes que tú. Somos hermanas, Edith Södergran.

La escasa luz de la mañana de febrero en la que caminan hasta el mar se consume a gran velocidad. Nubarrones oscuros vagan por el este, como ejércitos desplazados desde la costa rusa. Tal vez pronto vuelva a nevar. Te dije que podíamos haber ido al lago, está en el mismo Raivola, no hay que caminar tanto. Pero tú, Edith, vienes con frecuencia aquí, a esta playa pedregosa y solitaria, y te sientas a escribir, cuántas veces me lo has contando en tus cartas. No en febrero. Ah, pero yo quería ver el lugar de donde manan tus poemas, Edith. ¿Este mar de silicio es lo que querías conocer?, ¿este cielo que parece un yacimiento de carbón colocado bocabajo? Desde Gustavs, de niña, me imaginaba el Báltico como un mar de juguete. Hay islotes donde apenas cabe una persona tumbada, sobre uno próximo a la costa le pedí a mi abuelo que me llevara en barca y me dejara allí después de haber construido una casa de muñecas. Todo lo que cuentas es como si lo recordara de mi propia infancia, somos idénticas, Hagar Olsson.

Es cierto, habitamos las dos solas una misma isla en el océano de la literatura. Entonces, Hagar, ¿explícame por qué demonios has tenido que escribir esos comentarios admirables y detestables al mismo tiempo?, la verdad, ahora no sé si estar molesta o agradecida, quizá hubiera preferido que solo existieran las opiniones execrables y así tener claros los argumentos para odiar tu reseña. He viajado hasta Raivola para conocerte, Edith, y he caminado sobre la nieve hasta este pedregal aislado solo para ver con mis propios ojos la fuente de tus poemas, ¿no es cierto? Lo es, y, créeme, soy feliz de haberte abrazado y de acompañarte hasta mi lugar más secreto, las dos cogidas del brazo, como dos compañeras de colegio ya inseparables.

Edith, la poesía es un don sagrado que nos excede a ti y a mí, las dos nos debemos por entero a ella, pero nosotras no podremos poseerla nunca, allá donde queramos abrazarla, se deshará en nada como una nube tras la tormenta, no alcanzaremos a ser ni siquiera la esposa ante el despótico marido, la que posee al menos la evidencia de su terror y el patrimonio de su odio, se lo deberemos todo y la poesía no nos restituirá nada de lo que le entregamos, tus poemas de septiembre, aquellos que, sin saberlo, escribiste para celebrar mi aniversario, me hicieron morir y vivir al mismo tiempo; morir como quien lo desea cuando se ve a sí misma al descubierto y vivir como quien descubre la vida que se había negado a ver hasta aquel momento, por eso quise que al leer mi lectura de tu libro, no la escribí para ningún otro lector de la revista, sintieras tú lo mismo que había sentido yo al leerlo, tirria y pasión hacia ti, la autora de mi gozo y de mi penuria, enteramente fundidas.