El
Mondego avanza quejumbroso por tener que arrastrar el reflejo de la alameda
sobre sus hombros de agua. Para llevárselo a ninguna parte. De detenerse
alguien a contemplarlo, ya no escribirá que su corriente es «dulce y clara». Cuando se apoya un solitario en la baranda del paseo de
ribera es solo para encender un pitillo y lanzarlo al cauce en cuanto lo acaba.
Si es una pareja quien se detiene, la dulzura y claridad de las palabras se la
entregan, del modo más egoísta, el uno al otro. El barrendero se limita a
rascar el suelo y recoger más cáscaras de altramuces que hojarasca. Nada
encuentra a su gusto el río. Le ocurre como a los libros, pasan y al pasar
parece que van a ser sustanciales, pero al cabo su única función es irse.
La Rua Ferreira Borges solo intuye que
existe el Mondego en la distancia. Asomándose desde su última esquina. Es frecuente
que, en este lugar, que no es aún ribera ni ya casi calle comercial, se citen
los amantes para un encuentro. Pero ocurre a menudo que solo uno de los dos
aparezca por allí antes de la hora, como un método para empujar los minutos. Apoya
la espalda en las baldosas con azulejos y gira de un costado al otro el cuello
tratando de adivinar por dónde ha de llegar la persona amada, o quizá, nervioso
por no querer perderse ni un instante de la imagen deseada mientras se acerca,
bien desde el centro, bien procedente de la zona del río. Como ha llegado
antes, apenas repara en el hecho de que ya el reloj ha rebasado la hora fijada.
El tiempo es el que empuja ahora a quienes cruzan en ambos sentidos ante su
espera, pero, con ser nutrido el tránsito, nadie asoma con el sonriente rostro que
anhela. La memoria futura no consigue predecir lo que recordará de aquel día,
embelesada como anda en conservar la miel de lo que ocurra para siempre. No
alcanza ni siquiera a imaginar lo que se le ofrece a cambio de la presencia prometida.
Que es, se niega a intuirlo, la sequedad y aspereza de una ausencia. Lo único
que también encuentra un libro de versos cuando se publica.
Fernando Pessoa desconoce Coimbra.
Nunca ha tomado un tren en Santa Apolonia en dirección norte. El Mondego para
el poeta sigue siendo tal como lo describió Camões. Es su forma más frecuente
de viajar. En Lisboa, por otra parte, hay tantas esquinas para citarse,
próximas a un café, que posiblemente ya no recuerde dónde las expectativas de
su recuerdo se quedaron esperando inútilmente. Hasta que la escritura también
las fue reconduciendo a su esencia de balaustrada junto al río: «la memoria
profunda de tu amor antiguo e inútil».
Fernando Pessoa no cruzó ninguna de las
cuatro puertas de la solemne Livreria Académica de João Moura Marques, en
Coimbra. Pero sus poemas sí lo hicieron alguna tarde de octubre, en 1924,
cuando llegaron las novedades literarias desde la capital. Para mostrar la
multiplicidad de su obra Pessoa había elegido publicar una revista. Otra revista
que rememorara «Orpheu», puesto que
resucitarla ya era imposible. Su título, «Athena».
Su subtítulo, «Revista de Arte». Una publicación
artística donde leer literatura y una revista literaria donde también admirar
obras artísticas. Es la novedad que sus dos directores enarbolan, aunque uno de
ellos, Fernando Pessoa, había elegido un formato idóneo para esconder la novedad
de su multiplicación del yo, ésta ya imperecedera.
Una mañana a finales de octubre entran
José y João, dos alumnos de la Facultad de Letras, en la librería de Coimbra.
Espaciosa, con armarios diáfanos hasta el techo en las paredes, con puertas de
cristal y estantes repletos de libros nuevos, mostradores bajos en los
laterales y uno, más alto y señorial, con la caja registradora, en el frontal.
Pequeñas mesas con sillas se reparten la amplitud del local para atender a los
clientes. Comprar un libro es adquirir una joya que ha de durar para siempre.
Que los alumnos de la Facultad no puedan comprar los volúmenes que les gustaría
leer no significa que no acudan con frecuencia a admirar las novedades
literarias como quien entra en una iglesia para reconocer, en la distancia, su ventura.
Entre los libros que se exhiben en el
mostrador central, el librero jefe ha elegido una elegante revista lisboeta, de
buen tamaño, cubierta verde oscuro donde se combinan tintas roja y negra para
la tipografía. Su título, «Athena».
Ahí la encuentra José Régio. Tiene 23 años, está en el último curso de
Filología Románica y ha acabado de escribir su primer libro de versos, aún
inédito: Poemas de Dios y del Diablo.
Se sienta en una de las mesas y pasa las páginas casi con reverencia. Llama a
su amigo, dos años más joven y alumno en la facultad de Derecho. «Mira, le dice
Régio —con el dedo señala la página 19—, lee». Y continúa: «Este Ricardo Reis
es, creo yo, un pseudónimo de Fernando Pessoa, el director de la revista. Y,
puedes creerme, Fernando Pessoa es un personaje muy importante. Veo en él al
mayor poeta vanguardista». Quien le escuchara, entre los clientes de la
librería de Moura Marques, pensaría que aquel joven de aspecto desgarbado,
pobrecito, desvariaba.
También lo hubieran pensado en Lisboa. Incluso el mismo Fernando Pessoa dio por hecho en algún momento de su vida que aquello que había ocurrido en una librería de Coimbra no iba a pasar nunca. Y ya entonces ni siquiera le sabía mal por él, que prematuramente entraba en la edad de ser cauce y arrastrar su reflejo a ninguna parte, sino por los otros que había implicado en su obra —Ricardo, Alberto, Álvaro, Bernardo y tantos más—, poetas originales que no merecían tanta indiferencia. El proceso, sin embargo, ya había empezado. El jovencito que lee la página que le han señalado, sin entender aún la certera predicción del amigo, se convertirá con el tiempo en el primer biógrafo de Pessoa, muchos años después, cuando Fernando ya era curso fluvial hacia ningún destino. La belleza de aquel vaticinio en Coimbra reluce como si, pese al retraso, al fin aparece la persona esperada en la última esquina de la Rua Ferreira Borges y la pareja, abrazada, se pierde bajo la alameda cuyo reflejo se lee en el pergamino del río, que todo lo cuenta, pero casi nadie lee.
